Conta cto

Usá este formulario para establecer contacto. Dejá tu mail y un mensaje y te vamos a contestar a la brevedad.

 

           

123 Street Avenue, City Town, 99999

(123) 555-6789

email@address.com

 

You can set your address, phone number, email and site description in the settings tab.
Link to read me page with more information.

Textos

Aquí acopio textos que fui escribiendo para diferentes ocasiones. La mayoría fueron publicados, aunque con algunas diferencias. Acá están en la mejor versión de los mismos. 

Valentine

Pablo Bianchi

Esta semana, la revista DNI publicó, en su número 21, un texto que escribí sobre la máquina de escribir Valentine de Ettore Sottsass. Acá está el artículo. 


Tengo una Valentine. No es que la haya heredado, ni que me la haya agenciado en mi adolescencia para pasar a máquina letras malamente traducidas de canciones de Brian Eno. No. La compré. La semana pasada.

Qué alguien pueda gastarse algunos cientos de pesos en una vieja máquina de escribir, cuya utilidad hoy día es nula, podría explicarse por el amor hacia ciertos objetos que algunos diseñadores industriales solemos tener. O por cierta tendencia al coleccionismo que, en mí, tal vez derive de mayor en un caso agudo de síndrome de Diógenes. Pero quizás haya una explicación mejor. Para encontrarla, tenemos primero que entender qué significa la Valentine. Hagamos entonces un poco de historia.

Esta es mi Valentine, comprada en una librería del centro. Esta es la foto que, recortada y sobre fondo negro, está en la revista.

La Valentine es una máquina de escribir portátil, diseñada por Ettore Sottsass  con la colaboración de Perry A. King para la empresa italiana Olivetti. Su fabricación comenzó en 1969. Si bien inicialmente no fue un éxito arrasador de ventas (aunque fue un “longseller”, ya que las unidades finales salieron al mercado en 2001) enseguida ciertos círculos vieron una señal del futuro en su carcasa plástica de ABS rojo (aunque también se fabricó en gris, azul y verde), y, en 1971 ya formaba parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA).

Ese uso desinhibido del color era la prueba más inmediata de las ideas que estaban detrás del producto, y del cerebro desde donde esas ideas brotaban. Sottsass entendió, probablemente antes que ningún otro diseñador, que los objetos cotidianos podían contarnos una historia que hablara de nosotros mismos a un nivel profundo. Esas idea, luego vaciadas de sentido por el marketing y la publicidad, se reflejaban en la Valentine: no era sólo una máquina de escribir, un producto de mercado que cumplía más o menos eficientemente con una función práctica. Era, como el propio Sottsass mencionaba en una entrevista publicada en la revista Abitare de julio/agosto de 1969 “una máquina anti máquina”, pensada “para ser usada en cualquier lugar excepto en la oficina” y que no servía para “recordar las horas de trabajo monótono” sino que era “la compañía perfecta de los poetas aficionados en sus silenciosos domingos en el campo”.

Esas declaraciones no eran meras boutades: contenían decisiones de diseño. Para poder acompañarte al campo, la Valentine era una unidad con su caja contenedora, cuidadosamente diseñada. De hecho, en la parte posterior (la opuesta al teclado) se encontraba la manija que, una vez colocada la máquina dentro del contenedor y asegurado el conjunto con unos cierres elásticos, permitía el transporte de la misma. Si bien los casi 5,5 kg hacen incomprensible la portabilidad de la Valentine según los estándares actuales (lo que había llevado a Sottsass a proponer que la máquina sólo tuviera mayúsculas para reducir el peso y la complejidad de los mecanismos), hay fotos de época donde sus dueños escriben felices surcando el cielo en un vuelo de la Panam.

Y esto es lo que está escrito en la hoja puesta en la máquina, que no se llega a leer en la revista.

Cierto aspecto lúdico, que hacía al objeto algo deseable más allá de su función estaba presente en la Valentine. Esta estrategia sería retomada, décadas más tarde, por Alessi y Apple, por citar sólo dos casos relevantes. Sin embargo, en la citada entrevista en Abitare, Sottsass va más allá, al comentar que “la máquina parece un juguete poco pretencioso. Pero sólo parece. Porque en ella uno se da cuenta cómo un diseño comprometido, llevado adelante con la mente abierta pero rigurosamente, que se inicia a partir del conocimiento profundo de la tecnología y de cómo utilizarla resulta exitoso al transformar un objeto útil en un medio de expresión”. Tal vez la continua presencia de la Valentine en muestras y publicaciones, o, más humildemente, en blogs y ventas de eBay tenga que ver con esas palabras reveladoras, que nos permiten pensar que ciertas estrategias de diseño sobreviven a productos que han quedado perimidos desde lo tecnológico. O, tal vez, su vigencia tenga que ver con lo que pervive del diseñador en ella. Porque hablar de la Valentine no tiene sentido si no se habla de Sottsass. María Sánchez, que fue su colaboradora durante siete años en su estudio milanés, siempre recuerda su extraordinaria “pasión por la realidad”. Ricardo Blanco, que me avisó dónde estaba a la venta mi Valentine y que compartió charlas con Sottsass, también destaca su pulsión vital, su deseo de “ir siempre hacia otro lado” algo que la historia profesional de Sottsass deja claro cuando, a fines de 1980 y con 63 años, en vez de jubilarse revoluciona el diseño contemporáneo junto a un grupo de jóvenes discípulos con algo llamado Memphis.

El director del Design Museum de Londres, Deyan Sudjic, que eligió este marzo a la Valentine como su “diseño clásico” para el muy recomendable portal computerarts.com.uk, escribió en The Guardian el obituario cuando Sottsass muere el 31 de diciembre de 2007, a los 90 años. Allí, decía: “Vivimos en un mundo que celebra el arte, no contaminado por el menor atisbo de utilidad, muy por encima del ingenio del diseño que soporta la carga de la función. Eso crea una jerarquía cultural difícil de igualar. Quizás, el mayor logro de la larga y notable carrera de Sottsass es que tornó esa distinción irrelevante. No estaba interesado en hacer que las cosas se vendan porque se ven bonitas o seductoras o refinadas. Lo que quería era encontrar maneras de conferirle a los objetos cotidianos alguna clase de sentido. Buscaba demostrar que no son sólo parte de esta banal confusión, sino que nacen gracias a una inteligencia creativa que comprende tanto la forma en que se utilizan, y cómo se producen”. Ese es el legado de Sottsass, y de la Valentine.